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By Gabriel García Márquez

El coronel no tiene quien le escriba fue escrita por Gabriel García Márquez durante su estancia en París, adonde había llegado como corresponsal de prensa y con l. a. secreta intención de estudiar cine, a mediados de los años cincuenta. El cierre del periódico para el que trabajaba le sumió en los angeles pobreza, mientras redactaba en tres versiones distintas esta excepcional novela, que fue rechazada por varios editores antes de su publicación. Tras el barroquismo faulkneriano de los angeles hojarasca, esta segunda novela supone un paso hacia l. a. ascesis, hacia l. a. economía expresiva, y el estilo del escritor se hace más puro y transparente. Se trata también de una historia de injusticia y violencia: un viejo coronel retirado va al puerto todos los viernes a esperar los angeles llegada de l. a. carta oficial que responda a los angeles justa reclamación de sus derechos por los servicios prestados a l. a. patria. Pero los angeles patria permanece muda.

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En este libro prosiguen las cosmicas y comicas aventuras iniciadas en los angeles Guia del autoestopista galactico y El restaurante del fin del mundo, los angeles universalmente aclamada trilogia. cuyos volumenes pueden leerse de forma independiente.

Senales que precederan al fin del mundo

A gripping mirrored image of lifestyles at the border among the USA and Mexico, this novel combines modern sensibilities with pre-Colombian fantasy because it relates the tale of Makina, a tender, temperamental, and free-spirited lady trying to find her lacking brother. all through her trip, Makina is pressured to depend upon her ingenuity to outlive 9 mythical quests in a antagonistic and hazardous international.

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En ese instante se oyó un grito: —¿Adónde van con ese muerto? El coronel levantó la vista. Vio al alcalde en el balcón del cuartel en una actitud discursiva. Estaba en calzoncillos y franela, hinchada la mejilla sin afeitar. Los músicos suspendieron la marcha fúnebre. Un momento después el coronel reconoció la voz del padre Ángel conversando a gritos con el alcalde. Descifró el diálogo a través de la crepitación de la lluvia sobre los paraguas. —¿Entonces? —preguntó don Sabas. —Entonces nada —respondió el coronel—.

Vagó por el pueblo en siesta, sin pensar en nada, ni siquiera tratando de convencerse de que su problema no tenía solución. Anduvo por calles olvidadas hasta cuando se encontró agotado. Entonces volvió a casa. La mujer lo sintió entrar y lo llamó al cuarto. —¿Qué? Ella respondió sin mirarlo. —Que podemos vender el reloj. El coronel había pensado en eso. «Estoy segura de que Álvaro te da cuarenta pesos enseguida», dijo la mujer. » Se refería al sastre para quien trabajó Agustín. —Se le puede hablar por la mañana —admitió el coronel.

Tenía fiebre. Se sintió flotando en círculos concéntricos dentro de un estanque de gelatina. Alguien habló. El coronel respondió desde su catre de revolucionario. —Con quién hablas —preguntó la mujer. —Con el inglés disfrazado de tigre que apareció en el campamento del coronel Aureliano Buendía —respondió el coronel. Se revolvió en la hamaca, hirviendo en la fiebre—. Era el duque de Marlborough. Amaneció estragado. Al segundo toque para misa saltó de la hamaca y se instaló en una realidad turbia alborotada por el canto del gallo.

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