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By Julio Cortazar

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En este libro prosiguen las cosmicas y comicas aventuras iniciadas en l. a. Guia del autoestopista galactico y El restaurante del fin del mundo, l. a. universalmente aclamada trilogia. cuyos volumenes pueden leerse de forma independiente.

Senales que precederan al fin del mundo

A gripping mirrored image of existence at the border among the U.S. and Mexico, this novel combines modern sensibilities with pre-Colombian fantasy because it relates the tale of Makina, a tender, temperamental, and free-spirited lady trying to find her lacking brother. all through her trip, Makina is compelled to depend on her ingenuity to outlive 9 mythical quests in a opposed and unsafe global.

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La biblioteca era un cubo subdividido en celdas donde los alumnos podían dormir sobre sus antebrazos en espera de que los libros llegaran a los anaqueles. El incipiente catálogo necesitaba clasificadores para las caprichosas donaciones y las compras apresuradas. En aquel tiempo anterior a las computadoras personales, el registro se hacía a mano en cuadernos cuyo tamaño sugería una función «técnica». Eran demasiado grandes para moverlos del escritorio donde estaban. Con pulso de autómata Julio llenó etiquetas hasta que una tarde en que comía charritos y clasificaba con los dedos espolvoreados de polvo rojizo, su indiferencia se disolvió ante un nombre: Máquinas solteras en la poesía mexicana.

La doctora Ferriz y Sánchez lo vio con cariño iniciático tras sus anteojos de media luna y le regaló una primera edición de Muerte sin fin que aumentó su sensación de necrofilia. A la una de la mañana, Julio estaba apoyado en el hombro leal del Flaco Cerejido. «Yo no soy así», dijo, mientras miraba un jamón que colgaba del techo. Una estampa goyesca. La gruta del depredador, hubiera podido llamarse. El Flaco opinó que no era tan grave ser académico. Hombre, la vida tenía cosas más interesantes que las tragedias de pie de página, y estaba bastante probado que los hispanistas copulaban poquísimo, pero Julio nunca sería tan erudito como para estropearse el destino de ese modo.

Debía salir cuanto antes de ese cine. Máquinas solteras había llegado como un salvoconducto. Guardó la tesis en el cajón del que ya muy rara vez salía su raqueta de badmington. En los dos peseros y el microbús que lo llevaban a la UAM-Iztapalapa sus ideas no cobraban otra forma que la divagación sobre el futuro. En la curva del Cerro de la Estrella veía tendajones con objetos para baños —una larga hilera de excusados y lavabos donde los perros callejeros se refugiaban de las tolvaneras—; nada podía ser lógico en esa región donde los artículos de baño se exponían junto a la avenida, como si se compraran por una repentina inspiración de los automovilistas.

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